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Día de Muertos: una tradición que se aferra a vivir

martes, 25 de agosto de 2009

siriusfem, dia de muertos


Existen pocas tradiciones ancestrales en México que siguen haciendo ruido en la vida de los lugareños. Las fiestas locales son eso, locales, y se respetan como tales; pocas trascienden, se vuelven famosas, se vuelven parte ya hasta del paisaje. Eso sucede con la Noche de Muertos en la comunidad purépecha de Michoacán.

Para muchos, no hay noche más emocionante que esta; noche más misteriosa, noche más lúgubre. Puede ser que comience incluso antes. Se dice que el 31 de octubre las brujas se juntan para el aquelarre anual. La leyenda indica que solamente la noche del 1 de noviembre las estatuas de Cervantes y de Don Vasco de Quiroga tienen permitido hablarse, frente a frente, en el Jardín de las Rosas de Morelia.

Qué mejor época para replantearse lo que se está construyendo en esta vida, para aligerar la carga, para reconciliarse con la muerte; para jugar con ella, para coquetearle, para reírse, burlarse de esa figura tan tenebrosa, tan misteriosa, tan temida, tan… tan…

El frío es básico. No hay celebración de Noche de Muertos sin gabanes o chipiturcos, sin sombreros de lana, sin bufandas. ¿Y qué sería de la celebración sin las Calaveritas de azúcar (si tienen nuestro nombre en la frente, mejor), sin las Catrinas, sin las flores amarillas, sin los panes con huesitos y azúcar encima, o sin los mercaditos de artesanías?

También hay que decir que es raro que haya celebración de muertos sin tumultos, sin curiosos, sin turistas con una o varias cámaras en mano; sin adolescentes borrachines, sin amigos queriendo trepar la estatua de Morelos en Janitzio, sin fiestas hasta el día siguiente, sin reuniones en Tzintzuntzan, sin música en las Yácatas, sin desmadre.

siriusfem, tradiciones


Pero todo comenzó con un rito ancestral, con un canto de recuerdo, de celebración a esos que nos han dejado. Un canto a la que se los ha llevado. Un grito a La Muerte.

El 1 de noviembre las poblaciones de la zona lacustre de Pátzcuaro se llenan de color, de luz; irónicamente se llenan de vida. Desde temprano, las personas llegan con ofrendas, flores (de preferencia Cempasúchil), juguetes, dulces, comida, fotografías, bebidas alcohólicas, chocolate caliente, hasta ropa… para, con todo esto, alzar un altar sobre la tumba de sus seres queridos. Por supuesto que la luz de las velas es la parte que más nos recuerda que estamos en un cementerio, o que en ese lugar se evoca a alguien que falleció.

Cada uno de los pueblos tiene sus propias celebraciones, pero las que destacan son las de Pátzcuaro, Tzintzuntzan y la isla de Janitzio.

Ese día, el primero del penúltimo mes del año, es cuando comienza todo. Por la mañana se recuerda en especial a los “angelitos”, es decir, a los niños muertos. La velación se llama “Kejtzitakua Zapicheri”. Los altares de los pequeños son un poco diferentes a los de los grandes, y para ser honesta, se siente más el hueco en la panza; se siente más el pesar de los duelos por los chiquitos. Hay juguetes, generalmente de madera (o los típicos luchadores de plástico duro), muñecas y dulces, muchos dulces.

siriusfem,

Los familiares ponen un altar con papeles de colores, la foto del ser querido, flores, velas y sus objetos favoritos en vida. Además, claro está, de la comida. No puede faltar el pulque consentido del muertito, o el pan dulce. Por la noche, la luz de las velas les indicará el camino a los espíritus que vienen, por una noche nada más, a visitar a sus vivos. La comida está ahí para ofrecerles un festín; los “del más allá” absorben el sabor de las bebidas y de los ricos platillos que se encuentran en el ese sitio exclusivo para ellos. Los rezos de los duelos se elevan para que su alma regrese en paz de un plano al otro, para comunicarles que piensan en ellos y, por supuesto, para que descansen en la eternidad.

Toda la noche es de vela, se escuchan los murmullos de las personas que recuerdan a los que ya se fueron. Se escuchan también los flashasos de las cámaras. Los olores de las flores, el chocolate caliente, el café, el alcohol, el pan, el mole o las decenas de guisados que acompañan a esas normalmente solitarias tumbas se mezclan, dando como resultado un inusual aroma, el aroma de este juego de Realismo Mágico, tan purépecha, tan mexicano, tan latinoamericano; tan nuestro.

Esa noche es de fiesta. Durante esa noche no hay espacio en el piso que no tenga pies, almas, lágrimas, esperanza, vida y muerte.

Así que si alguna vez deciden acercarse a Michoacán por noviembre, no duden en visitar algún panteón. Es posible hasta encontrarse a un alma famosa o incluso, encontrarnos a nosotros mismos frente a frente con “La Huesuda”, contándole alguna anécdota, algún chiste que le haga querer volver el siguiente año, pero eso sí, que ni se le ocurra llevarnos con ella.

PÁTZCUARO DE MIS AMORES (UN VIAJE AL PASADO II)

lunes, 10 de agosto de 2009


Retomando un poco nuestro viaje por tierras purépechas, estamos de camino a Pátzcuaro después de haberle dedicado un par de horas de nuestro día a Tzintzuntzan, el que con sus Yácatas nos dio la bienvenida a estos territorios.

Mireya, Sean y yo sólo pensábamos en ingerir los sagrados alimentos del día, así que al llegar a la ciudad lo primero que hicimos fue buscar un lugar donde sirvieran “menú” o, como se conoce en México (si eres de España, favor de creerlo) “comida corrida”, el cual generalmente incluye sopa, pasta o arroz, guisado, tortillas y agua; a veces (y si te portas bien) hasta postre; todo por una cantidad que puede ir entre los 25 y los 70 pesos. Encontramos un restaurantito justo en la calle que comunica las dos plazas más famosas del lugar. Nuestro amigo anglo-japonés se lanzó a la aventura y pidió lo mismo que nosotras: Sopa Tarasca, arroz, pollo con mole negro y flan (de cajita). El primer platillo es una mezcla entre sopa de frijol y de tortilla, con chile negro seco, crema y quesito desmoronado, ¡un manjar! De lo demás, ni qué decir, comimos tanto que tuvimos que caminar mucho para bajar el festín.

Ahora sí, bien servidos, nos dispusimos a recorrer los callejones, peleando de vez en cuando con ráfagas de lluvia. No sé porqué asocio Pátzcuaro con lluvia y amor, romance y muerte. Tal vez sea porque el clima es húmedo debido a su cercanía al lago, o porque aquí me re-enamoré de mi ex (al final no muy efectivo el pueblo), quizá porque en celebraciones de Día de Muertos no hay otro lugar en la Tierra mejor que Pátzcuaro para acercarte al mundo del culto a la muerte.

Estas tierras son un no tan silencioso testigo del pasado, mirando hacia el presente. Sus calles empedradas o pavimentadas, con edificios de estructura idéntica, blancos y marrón, con tejados en triángulo, con letreros lo menos llamativo posible, le dan la bienvenida al visitante.

Caminamos hacia la plaza Don Vasco (nuevamente Vasco de Quiroga se nos mete entre los pies) y nos sentamos en una de las grandes bancas. Por ahí un siriusfem, patzcuarogrupo de jóvenes le regalan al curioso (propio o extraño) la danza de los viejitos. Los niños miran atentos, sonriendo y tal vez creyendo que sí son ancianos los que bailan. Vendedores hippies ofrecen sus artesanías, sus joyas hechas con piedras extraídas de quién sabe dónde o cachivaches antiquísimos. No falta la señora que quiere que a fuerza le compremos alguno de sus manteles o carpetas, o la que quiera que Sean sea todo un macho, de esos de las películas de Jorge Negrete (con todo y sus ojitos rasgados) y nos conquiste, a las dos, con una rosa (para cada una, claro está). El vendedor de globos no puede faltar y el niño que hace berrinche para que la mamá le compre uno (¡de Pokémon, de Pokémon!) tampoco.

Visitamos el centro de atención turística y no sirvió de mucho. Nos metimos en algunas de las casas que rodean la plaza y sus patios centrales, coronados por arquería y macetas, nos hicieron enamorar aún más del sitio. La Casa de los Once Patios (de los cinco patios, actualmente) también es un lugar mágico. Entre artesanías, telares a la vieja usanza y rincones románticos disfrutamos de visiones del pasado mientras la lluvia coartaba nuestros ánimos de seguir caminando.

Cuando por fin el cielo se cansó, salimos por la calle que lleva directamente hacia la Basílica de Nuestra Señora de la Salud y que es uno de los caminos más bellos del mundo. Las iglesias con su apariencia viejísima y gente cargada de flores, los mercaditos de artesanías y los puestos de gelatinas con rompope nos recuerdan aquellos tiempos que sólo conocimos a través de los relatos de los tíos o abuelos.

La Basílica es grande, alta y es visitada por miles de fieles a lo largo del año asiriusfem, michoacan rendirle tributo y a pedirle a la virgen que les ayude en sus sufrimientos y los alivie.

Seguimos en nuestro recorrido y llegamos hasta la plaza de San Francisco. El extranjero encuentra totalmente “charming” el mercadito en donde las marchantas se pelean por el cliente y el olor a pescado nos hace huir.

Casualmente entramos a la biblioteca pública y nos atrapa. Es hermoso, con su gran mural y su techo altísimo, ¿quién hubiera imaginado un sitio así justo enfrente del lugar más atestado de transporte público, ruido y gritos de los alrededores? Junto hay un tianguis de artesanía que inmediatamente capta los flashazos de la cámara de Sean.

Después, llegó el momento de ir por la famosa nieve de pasta. En el portal Hidalgo sobrevive una de las tradiciones más antigua de la zona, la de las nieves. Hace más de cien años un lugareño, don Agapito Villegas, inventó la secreta fórmula que ha pasado de generación en generación y que ha conquistado los paladares de casi todos los visitantes. Nos lanzamos a la aventura helada y casi lo logramos, sólo faltó un cuarto para terminar el vasito, “demasiado dulce”, decimos.

Subimos al Cerro del Estribo desde donde la vista del lago y de la isla de Janitzio es fantástica. Pero lo que se lleva la tarde es otra cosa. Nos detenemos a disfrutar y algo nos llama la atención; un toro anda suelto cerca de nosotros. Al parecer se siente solo y quiere hacer amigos, por lo que se nos para enfrente y trata de coquetearnos. Lo logra por momentos, pero no nos arriesgamos demasiado y decidimos retirarnos.

Es hora de marcharnos, la luz se está extinguiendo. Nos llevamos un buen recuerdo de la deliciosa comida ingerida, nos llevamos un pedacito de Pátzcuaro en nuestras cámaras y nuestros corazones.

Hemos aprendido que bien vale la pena conservar las tradiciones, respetarlas para al final, poder, todos, disfrutarlas. Así es Pátzcuaro, un lugar donde la tradición no ha muerto… aunque la huesuda “Catrina” nos diga lo contrario.

P.D.: “La Catrina” es la representación de la muerte, es un esqueleto de mujer elegantemente vestida y famosísima en la época de Noche de Muertos. Surgió de la mente del artista mexicano José Guadalupe Posadas.

Un viaje al pasado, entre pirámides

lunes, 3 de agosto de 2009


Recorrer Michoacán es toda una experiencia. Y no sólo hablo de encontrar el autobús que nos lleve al destino, de viajar con pollos junto a nosotros (en caso que viajemos en tercera) o de no olvidar la música adecuada para el trayecto, si optamos por automóvil. Este estado ofrece un maravilloso abanico de posibilidades, de colores, de aromas, de sabores, de sonidos.

Cuando eres oriundo de estas tierras, en realidad no adviertes los grandes árboles que te ofrecen su sombra para descansar, o cuán buena y variada es la comida. Mucho menos te ocupas de conocer la historia y saber quién fue el famosísimo don Vasco de Quiroga. Así que decidimos dejar detrás nuestra ignorancia y lanzarnos a la aventura al ritmo de una pirekua (música típica purépecha) a todo volumen. Dos mexicanas y un anglo-japonés nos cargamos con cámaras, algo de dinero y zapatos cómodos para visitar dos lugares importantísimos en Michoacán: Tzintzuntzan y Pátzcuaro.

En este estado ubicado en el centro-occidente de México habitó el gran imperio Purépecha. Dichos guerreros no fueron derrotados ni por los poderosos aztecas, y eso que lo intentaron en varias ocasiones. La conquista por parte de los españoles se realizó de forma pacífica, algo así como una negociación, apoyada en gran medida en la conversión religiosa. Distintas congregaciones de sacerdotes arribaron desde la Madre Patria a estas zonas “olvidadas por Dios”. Hubo de todo, xenofobia, explotación, esclavitud y buenos personajes que se ocuparon de integrar a los indígenas al recién creado Virreinato. Uno de esos buenos hombres fue precisamente un cura español, quien llegaría a ser el obispo de Michuacan, Vasco de Quiroga. Él creó un sistema llamado “hospitales”, en donde no sólo se atendían las enfermedades de ibéricos, mestizos e indígenas, sino que se les daba refugio a estos últimos y se les enseñaba a crear maravillosas obras de arte con sus manos, utilizando como materia prima elementos de la región. Tal vez es por esto que Michoacán es una de las entidades donde aún se pueden encontrar una gran variedad de artesanía original.

Viajamos de Morelia por la autopista hacia Pátzcuaro y nos desviamos sólo unos kilómetros antes de llegar. Tzintzuntzan es un pueblito pequeño y pintoresco, en donde se pueden encontrar artículos divinos a precios aún más atractivos. Pero nuestra primera parada no fue el mercado sino la zona arqueológica del lugar.

Dos profesoras mexicanas entran gratis, un estudiante extranjero tiene que pagar 30 pesitos. Visita obligada al baño (limpitos) y un sitio vacío, exclusivo para nosotros tres.

La vista es espectacular. Verdísima vegetación a nuestro alrededor, pirámides rectangulares y circulares (llamadas Yácatas), el pueblo un poco más abajo, a nuestros pies, y montañas enmarcando el Lago de Pátzcuaro. Benditas cámaras digitales, nos dan “deditis” y casi hacemos una caricatura con tooodas las fotos que tomamos.

Nuestro primer impulso, claro, es escalar las pirámides, tratar de encontrar una subida segura entre todas las piedras que se alzan para formar la estructura… a pesar de que dice “no subir”. El diablito a nuestra izquierda nos incita a hacerlo, el angelito a la derecha nos dice que si lo hacemos estaremos contribuyendo a la destrucción lenta del sitio (¿o tal vez será que la estructura es débil y podemos caer a la tumba de algún rey o Caltzontzin al puro estilo de Indiana Jones?) Finalmente traspasamos el permiso para un par de fotos y bajamos el escaloncito a prisa para evitar ser detenidos por las autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Nuestros pies están mojados por el pasto, por lo que aprendimos que debemos de traer botas y no tenis… pero no nos importa. La energía es fuerte y no nos queremos ir. Nos sentimos tranquilos, en paz… poderosos. El lugar es mágico; una mezcla entre sublime y armonioso. Lo que me parece increíble es que esté vacío y me pregunto cuántos mexicanos han visitado esta zona, han disfrutado este paisaje, y no vale la noche de muertos, cuando cientos de adolescentes alcoholizados parrandean por aquí y por allá.

Así, terminamos nuestro recorrido por las Yácatas y nos dirigimos al centro del pueblo. Como decía al principio del texto, el mercado de artesanías es un sueño hecho realidad: vivos colores, chúspata (tule o “mimbre”) en forma de canastos, adornos navideños, alcancías, botes de basura, sombreritos y sombrerotes; vajillas de cerámica y de barro, juguetes de madera, zapatos, perros callejeros… ¡ah!, eso no es parte de las artesanías, pero sí del folklore de todo poblado mexicano que se digne de serlo.

De ahí pasamos al monasterio franciscano del siglo XVI, un lugar encantador y rodeado de un aura mágica. Cuenta con una cruz atrial que encaja perfectamente con el paisaje definido por las casas de tejas rojas. Ahí también se encuentra una antigua estatua de Don Vasco, una capilla abierta, en donde se celebró misa por primera vez en Michoacán y los árboles con la apariencia más antigua que he visto, que te dan la impresión de estar ahí desde antes de la época del Imperio Purépecha… no sé, parecen árboles abuelos.

- ¡Una autofoto!, sonríe Mireya, abre los ojos, Sean.

A esa hora la tripa ya hacía ruidos extraños y, después de comprar unas cuantas gangas, encaminamos nuestra marcha (y nuestros vacíos estómagos) hacia Pátzcuaro, donde más sorpresas nos aguardaban.

Continúa…

¿Cómo comemos los mexicanos?

lunes, 1 de junio de 2009

Chom chom


Viendo uno de los maravillosos programas de Anthony Bourdain (ya también disponibles en el Canal Once), me vino a la mente un curioso detalle que me remarcaron hace unos años.

Comía con un don cliente recurrente de una greesy spoon donde trabajé. Se me quedó viendo y me dijo “You eat like an American”; “Comes como americana.” Mi cara de signo de interrogación lo hizo reír, pues la verdad es que me imaginé dando un espectáculo troglodita, con salsa hasta el copete y algún diente lleno de cilantro. Pero no, a eso no se refería.


“Los americanos cambian de mano para comer. Primero cortan la carne, utilizando el cuchillo con la derecha y el tenedor con la izquierda, luego cambian el tenedor de mano para llevarse el bocado a la boca.”


Me quedé muda, pero observé lo que hacía. Claro, al momento de hacerlo consciente me hice bolas y ya no sabía cómo se utilizaba el tenedor, el cuchillo y mucho menos la cuchara, por lo que tuve que recurrir a los palillos chinos… con esos no hay nada que cortar.


Con que así comemos los de este continente…. ¿será?


Mientras investigamos cómo comen ustedes yo les diré que yo lo hago con las manos. No, otra vez desechen la imagen de Lata como orangután, pero no me imagino comiendo un taco con cubiertos… o no ensuciándome al echarme una súper tostada, a la michoacana.

Ah, las famosas tosatadas michoacanas.


Les juro que escribiré de otra cosa a parte de mi tierra, pero, sorry, ahorita es inevitable, sólo viene eso a mi mente.


Resulta que el día de mi cumpleaños organicé una comida para el festejo. El platillo principal sería la muy socorrida (y facilísima) receta de la básica tostada de jamón. ¿¿Qué quéeee?? Ash. Las únicas que conocíamos el suculento manjar éramos las morelianas… ¿qué nunca las han probado?


Al parecer no.


Las tostadas de jamón, son muy parecidas a las enchiladas placeras… sólo que en tostadas… y con jamón. Je.


Y porque México Rocks también por la tragazón (si no, véanme la lonja), aquí les comparto la receta de las famosérrimas Enchiladas Placeras Michoacanas… según mi amiga Lud.


Enchiladas Placeras para principiantes


(Si no entiendes qué demonios es una enchilada, clickea aquí para ver la explicación en otro sitio).
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Salsa


Ingredientes:


¼ de kilo de chile guajillo. (si no sabes cuál es… pregúntale a don tendero en el mercado).
2 o 3 clavos de olor (dependiendo del tamaño)
1 pizca de tomillo
1 chorrito de vinagre de manzana.
Aceite, el necesario.

Forma de preparación:
Hay que lavar, abrir y desvenar los chiles (desvenar = quitarles las venas y las semillas). Pásalos por aceite a una ligerita dorada. Ponlos en un recipiente con agua caliente, para que suavicen.


Cuando estén suaves, licua el chile con algo del agua del recipiente y los demás ingredientes. La salsa debe de quedar espesona, pero es una salsa, no olvidar (ni agua, ni batido).

Ahora, hay que sofreír la salsa. Agregas sal cuando suelte el hervor y deja que se sazone.


Ahora sí… Las enchiladas.
(Yummmie, y yo que no he comido. Ejem.)

Ingredientes:


Tortillas de maíz.
Una pieza de pollo por persona, frita o cocida.
Papa y zanahoria en cuadritos, cocida y sofrita.
Crema.
Queso fresco desmoronado.
Rajas de chiles en vinagre.
Aceite.

Forma de preparación:
Tanto el pollo como las papas y las zanahorias tendrán que ir a nadar un ratito en el aceite caliente, sólo una pasadita. Luego, otra por la salsa. Que queden tan dorados como tú quieras.


Pasa las tortillas de maíz en un poco de aceite caliente y después sumérgelas en la salsa, que se cubran bien. Esto es sólo una pasada, ¡no queremos que la tortilla se deshaga!


Ahora, pon en un plato, y rellena con quesito fresco desmoronado. (Arggg, ¡¡¡¡quiero comerrrr!!!). Prepara unas tres o cuatro por persona (depende del hambre).


Por otro lado, escoge una pieza de pollo frito o cocido (recomiendo frito, aunque eso añade calorías), que previamente has pasado también por la salsita, recuerda, y coloca junto a las enchiladas.


Sobre las enchiladas, agrega las papas y las zanahorias, luego salsa y queso… y, como cereza al pastel, chiles, hartos chiles en rajas.


Opción para valientes: agregar lechuga rallada y cebolla.


¡TAAARÁAAAN!



Es usted todo un michoacano.


Ah… las famosas tostadas de jamón.


Aquí es más fácil, porque la salsa sólo se ocupa para sofreír las papas y las zanahorias.

Cómo se preparan:


Toma la tostada, embarra un poco de frijoles refritos, si tienes a la mano. Luego coloca una rebanada de jamón, que puedes sofreír también en la salsa.


Luego, hartas verduritas (papa y zanahoria), queso, crema y chiles.


Esas, señores, son las tostadas que nadie conocía el día de mi cumple. Ok, ok, para mi fiesta fueron mucho más sencillas… no se quejen.


Experimenten, inviten a sus amigos… ¡y no olviden las servilletas!


Ah, un último tip: si andas ligando, mejor considera cualquier otro platillo. Es muy probable que con este se pierda el glamour.


Enjoy!!

Que viva mi tierra Michoacán

miércoles, 27 de mayo de 2009


Y sí, que viva.

Qué difícil es hablar de Michoacán cuando lo primero que se viene (precisamente en este momento) a la cabeza es: narco, política y corrupción.

Pero, señores, Michoacán es MUCHO más que eso.

No tengo que apelar a la cordura de ninguno de los lectores de acá, porque sé bien que si llegan hasta aquí están abiertos a conocer más de ese lugar, mi lugar, que es el forzoso post oficial número uno de este blog.

Tampoco tengo que decir que MICHOACÁN es lugar de mujeres hermosas, je, basta con ver mi foto de perfil.

Ah, mi tierra. Morelia. En algún sitio escuché que posee el segundo centro histórico más grande del país, la neta es que no lo he medido, pero lo he pateado.

Crecer, vivir en este lugar fue una gran bendición para mí. More era una ciudad tranquila y relativamente pequeña, llena de árboles y yo fui una niña muy feliz.

Entonces, les quiero presentar mi Michoacán, mi Morelia, muy lejos de escándalos de cualquier tipo.

Esta tierra, mi tierra, es un lugar caminable, respirable, admirable.

Por ejemplo, si quieres pasar una tarde rica con los amigos, echando chisme, puedes caminar sin ningún problema de punta a punta el acueducto, iniciando desde las Tarascas, pasando por la Calzada Fray Antonio de San Miguel (testigo de mi nacimiento, kínder, primara y secundaria… nomás) hasta llegar al final… donde hay un deportivo que se llama Venustiano Carranza (diez puntos para que me diga qué se jugaba ahí hasta hace como 20 años).

Ahí atraviesas, fijándote en el semáforo, por favor, y te sientas plácidamente en el MX a disfrutar de una orgásmica torta de cajeta al horno. No… ¡qué cosa! Generalmente lo que hacemos nosotros es pedir una y compartirla (sí, con babas y peligro latente de influencia del marrano incluidas). Otra opción a unos cuantos pasos más, es tomar un café (mis favoritos en el mundo) de Café Europa (el pastel Torino, una cooooosa) o, elegiría Elo, en el Lillians café.

Las tardes en ese lugar son pacíficas, maravillosas para hablar y hablar.

Pero volviendo al centro, el Jardín de las Rosas es un sueño, aunque yo no elegiría comer ahí porque para mí los cafés son malos, caros (estándares morelianos, pues), y el servicio… (FX GRILLITOS… CRIII CRIIII), aunque dicen que ya hay nuevos sitios y con un mucho mejor servicio. No me consta. El cine que está enfrente es un must. Ok, las salas no son lo más moderno y cómodo de la cadena Cinépolis, pero siempre encontrarás algo que ver y más cuando es época de Festival (que, por supuesto, tendrá muchos posts en este sitio, porque México Rocks también por su cultura).  

También les recomendaría ir a un lugar casi enfrente de la catedral… se llama La Casa del Portal. La decoración es hermosa, y la comida nada mala. La terraza tiene una vista espectacular y también se respira un aire tranquilo, aunque un poco más turístico. Y se supone que todo se vende ahí: el plato, el mantelito, etc. (también tienen que visitar San Miguelito, aunque está fuera del Centro Histórico).


La Plaza de Armas queda justo al frente y a pesar de que fue remodelada hace poco, sigue siendo hermosa (léase: me gustaba más cómo lucía mi terruño antes). Intenten esto: compren una paleta de La Michoacana (en Michoacán, preparada por michoacanas, ja), y échensela en una banquita del zócalo, mientras ven a los niños jugar con las palomas… ¿quieren más?

Ah… pues ahí está, la catedral. Sí, sí, que no vamos a ir a rezar (aunque no está de más echarle una visitadita al Señor de la Sacristía, famoso por sus múltiples milagros), pero, no es por nada, es digna de verse. Piérdanse adentro, ignoren los recorridos turísticos si pueden -después del tour les obligan a pagar una “propina” -(pero hagan uso de sus orejas expandibles de los Weasly). Si se fijan, atrás, arriba, hay un organote. Ay, que yo estuve ahí. Para subir, hay que hacerlo (o en mi época escolar, al menos) por una escalera de caracol horrorosa, pero desde arriba la vista es ufff… Su sonido es nítido, y sigue siendo uno de los órganos más espectaculares de América Latina y se puede escuchar en algunos conciertos a lo largo del año (aunque la gente insista que esto no es cierto).

En el techo de la iglesia filmamos aquél comercial que alguna vez les enseñé en donde la hago de monja. Sí, el de la LPGA.

Se sube por una de las torres, que afortunadamente no tiene ventanas, porque mi miedo a las alturas me hubiera puesto en aprietos. Las torres son altas y el techo, sorprendentemente limpio.

Si caminas por las calles del centro, encontrarás tiendas a la antigua, de esas que yo no me explico cómo subsisten. Venden cachemir, ligueros para abuelitas, vestidos de quinceañeras a la vieja usanza. También puedes encontrar gelatinas con rompope, gazpachos (no la sopa, la fruta picada), chicharrones enormes con cueritos y pico de gallo, globos, artesanías, muñequitas de trapo a las que conocemos como “güares” (o “Marías”, dirían los chilangos).

Para la noche… La Inmaculada. Señores, una ida a More sin la Inmaculada no está completa.

Y si es de diciembre a febrero, ¡mejor!, porque podrás ser testigo de un clásico: el dragón de la iglesia.

No puedo imaginar mi infancia sin el dragón. Esta cenaduría establecida y atendida por los vecinos, nació por iniciativa de un cura, que es algo así como bien recordado por la comunidad porque hizo mucho por ellos (y esto, es neto, aunque parezca raro). Comenzaron con puestitos en la calle (literalmente) y poco a poco fueron creciendo (estoy hablando de años). Ahora aquella iglesita azul, en la que se escuchaba misa desde la calle y con altavoces, en la que había servicios cada hora hasta las 23:00 horas o algo así, se convirtió en una iglesia grande, en donde todo mundo cabe. La cenaduría sigue siendo atendida por los lugareños, pero ahora es un lugar en forma, en el sótano de la iglesia.

Funciona así: compras tus boletitos (sí, sí, como en kermés) y los cambias por los antojitos michoacanos que se ofrecen. ¡Que ya se me hizo agua la boca! Los precios son deliciosamente baratos, los productos limpísimos y… nunca me ha hecho daño nada.

Una cena típicamente moreliana. Ah. El dragón. Durante las fiestas de la Inmaculada Concepción (por eso mismo en mi casa le llamamos “La Conchita”), ponen un dragón mecánico (ok, súper kitsch) afuera del templo y cada media hora se prende. La función va así: el dragón (que evidentemente es el demonio) viene a la Tierra a tentar a los humanos, pero llega un ángel y con movimientos de robot setentero, alza su espada y le da con todo a don dragón. El mítico animal chilla y hace ruidos terribles, hasta que entre coros angelicales aparece la virgen María y acaba con él. ¡¿Se imaginan lo que esta aventura bíblica puede hacer para una niña inocente (ok, en los 80´s)?! Wooow, era lo máximo. Y sigue siendo. Cada vez que voy y empieza la música, dejo mi tostada de jamón (que existen, que existen) o mis uchepos para ver al dragón, que se sigue moviendo con crujidos, aunque ahora lanza fuego (o chispas, pues), por el hocico.

Nada, nada… que esto puede ser interminable. Pero hoy quería hablarles de un Michoacán muy mío. De esas calles de piedra, esos árboles rechonchos, esas combis en las que la gente viaja parada, del sol quemante de mi ciudad.

Una ciudad que vale mucho más que unas notas tristes en las primeras planas de los periódicos nacionales.
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TIP PARA EL VIAJERO: Morelia está súper bien ubicada, de Ciudad de México queda a dos horas y media en auto, y casi 4 en bus. De Guadalajara, más o menos la misma historia, al igual que Querétaro, León, Aguascalientes, Guanajuato. Nada de pretextos, ¿cuándo hacen la reserva?

MÁS INFORMACIÓN PARA EL VIAJERO: Acá la obtienes (casualmente también escrita por mí, jajaja).